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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Fin de una era

La Espada - Neomunder

Meedler, capital de Wichtigtuerland


¡El emperador ha muerto! ¡El emperador ha muerto!


Los gritos inundaban las calles. Los bebés lloraban y sus madres gritaban de dolor. Los hombres agitaban sus espadas hacia el cielo con impotencia. El emperador había muerto. Dos veces, el Emperador había muerto dos veces. El ciclo no parecía tener fin.


El noble paseó inquieto por sus jardines. El niño había muerto. Él había vencido. El joven sobrino reinaría y la guerra había llegado a su fin, pero, aun cuando habían triunfado sobre sus despiadados enemigos, la victoria no le sabía a nada. ¿Tal vez el coste había sido demasiado grande? Su sobrino había muerto, o eso decían en las calles. ¿Cómo era posible? Sus adivinos habían visto al niño vivo, mas, como salido de sus más oscuras pesadillas, una sombra lo había consumido y ahora no quedaba nada de ese chico jovial, alegre y arrogante como cualquier príncipe. El Imperio había obtenido la paz a un precio muy alto. Su dios había purgado el imperio, pero no sabrían durante cuanto tiempo duraría esta paz, ni qué harían para mantenerla.


Con sus mejores galas y su guardia personal salió de casa. Una sola mirada, el despertar de su poderosa herencia, bastó para hacer que toda la calle se quedara en silencio, sumisa a los deseos de su poderoso amo. Fue el último uso que le dio a ese cuerpo falso.


Mientras su capa ondeaba al viento sus pies dejaron de pisar el suelo. Sus otrora dorados cabellos, ahora plateados, cambiaban pocos poco, volviéndose largos y negros. Su rostro, de claras facciones imperiales cambiaron y en su lugar unos ojos rasgados surgieron. Su armadura se convirtió en un elegante traje modernos. No quedaba nada del poderoso Flarent, en su lugar se alzaba un extraño hombre, cuyo poder rivalizaba con los mismos dioses. A su lado no quedaba rastro de sus reconocidos caballeros, tan solo un joven hombre con los cabellos plateados con una venda en sus ojos, vestido del mismo modo que su señor. La ciudad antes llena de vida tardó demasiado en reaccionar.


Cuando el primero de los gigantes llegó desde el cielo todo se sumió en sombras. Al desenvainar los soldados sus espadas el segundo de los monstruos alados ya estaba sobre ellos.


Antes de que llegase el tercero la ciudad había caído.



Un día después, en el Gran Templo...


La Espada se movía inquieta en su asiento. Esto no podría estar pasando. Meedler, la capital del imperio había caído pasto de La Orden del Inicio y del Fin. Ninguno de sus agentes había conseguido nada. Nadie pudo combatir. ¿Era este el fin de la Orden de los Creadores del Mundo? Absurdo. Todo era absurdo. Una sola orden de la Corona bastó para desplegaran todos los efectivos de Taefeos hacia la capital. Había sido declarada la guerra en su mundo. No podrían permitirlo. Sus ancestrales enemigos habían traspasado la paz tan tenue que los mantenía separados. No habría paz.


Su armadura lo esperaba en el pasillo. Siempre pensó que el blanco le sentaba bien. La muerte era blanca, como los huesos de sus enemigos. Comenzó su cántico y los guardianes del templo desertaron uno por uno. En poco tiempo el verdadero ejército de La Espada, de la Orden estuvo listo. No había tiempo que perder.

Salió al mando de sus soldados y al abrir las puertas el verdadero ejército lo esperaba. 100. 200. 500. 1000 10000. No, más de 20000 estandartes con el blasón de su orden ondeaban al viento. Todo el ejército de Mahen estaba preparado. Cada hombre y cada mujer con capacidad para empuñar un arma. Cada sacerdote y cada bruja. Cada Humano, cada Talosdian. Cada Feras, cada Eruk. Cada Losgean. Taefelos no se quedaría dormido ante la invasión.


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